Días de verano

Recuerdo los veranos de mi infancia como si fueran de otra galaxia. Eran veranos en el pueblo… aunque lo de pueblo es mucho decir. Pasábamos el mes de agosto en el cortijo que mis abuelos tenían en Andalucía en medio de la montaña, donde ni siquiera llegaba el coche. Teníamos que subir una enorme cuesta empinada cargados con todo: maletas, compra, niños pequeños… atravesando un camino de tierra para llegar al lugar que ahora, tantos años después, me parece el sitio más mágico que ha existido en mi vida.

Una casa de dos plantas encalada. En la planta baja hacíamos vida, arriba solo íbamos a cocinar y fregar los plantos… Para los pequeños, aquella segunda planta era el lugar más aterrador que existía. En sus habitaciones se guardaba parte de la cosecha y los utensilios del campo y nos horrorizaba ver las paredes adornadas de herramientas de labranza, como si fueran salas de tortura. Y de noche… aquel lugar era el terror máximo, ni viendo El Sexto Sentido he pasado tanto miedo como teniendo que ir a buscar algo olvidado a la cocina. No te imaginas la velocidad que se puede alcanzar al subir y bajar unas escaleras en las oscuridad pero estoy segura de que alguno de nosotros conseguimos batir algún récord mundial.

Aquel cortijo rodeado de naturaleza era el lugar más maravilloso de esos veranos infantiles eternos e intensos que ahora son pura nostalgia…

Algunos años coincidía allí con todos mis primos, y cuando eso ocurría era lo mejor del verano. Piensa que la mayor aventura del día era ir a coger moras cerca del barranco o a buscar agua fresca a la fuente. Poco más teníamos que hacer, así que la imaginación era nuestra mayor aliada en aquel tiempo en el que no existía internet, ni consolas, ni videojuegos, ni teléfono… teníamos un pequeño transistor a pilas y una televisión para toda la familia que, por supuesto, se apropiaban los adultos mientras a nosotros nos enviaban a jugar “a las carrascas” que, dicho sea de paso, era el cagadero oficial… ya he dicho que era divertido, ¿verdad?

Esos eran los momentos en los que escribía alguna obra de teatro para que la representáramos o alguna historia para entretener el tiempo que no avanzaba bajo los olivos. Porque si los días eran largos, no os digo nada del momento de la siesta. Justo entonces debíamos desaparecer de casa, perdernos por el campo para que el abuelo no escuchara nuestras risas, nuestros gritos, nuestras locuras infantiles… porque mi abuelo era como el de Heidi, entrañable pero muy gruñón… y si lo despertábamos, ¡ay, madre! Mejor no estar ahí.

¿Fue allí dónde nació mi amor por las letras? Pues no soy consciente de ello pero, como buena adulta que soy, decido que sí, que aquellos días de canícula en los que las chicharras eran las únicas que se atrevían a acompañarnos bajo el calor abrasador fueron los que plantaron la semilla de las letras en mi corazón. Letras y letras, escritas y leídas que ahora han derivado en estas líneas tan nostálgicas. Recuerdos de infancia que se convierten en las mejores historias. ¿Quizás se acaben convirtiendo en algo más? Quién sabe…

No voy a publicar mi libro…

😕 No voy a publicar mi libro…

Eso he pensado esta mañana cuando, celebrando el #DíadelLibro, me he paseado disfrutando de tantas novedades, de tantas autoras y autores consagrados con obras fantásticas… y me he dicho: “a dónde vas tú, piltrafilla, con una historia que nadie va a querer leer”…

Y todo se ha seguido viniendo abajo cuando alguien me ha comentado: “¡Anda! ¿Has escrito un libro? ¿Y de qué va? ¡Ah, romántica! Como todas las que conozco que escriben un libro… siempre es romántico… y encima tienes que pagarlo para publicarlo. ¿Estás segura? Mírame, yo no he escrito ningún libro y aquí estoy”.

📚Efectivamente, allí estaba, paseando entre libros y matando las letras, matando la creatividad con palabras cargadas como dardos, sin ser consciente del daño que estaba haciendo en alguien que comienza con ilusión, con un esfuerzo enorme por intentar crear algo que ha salido de su mente y su corazón, con horas y horas dedicadas a darle forma, a cargar cada palabra con sentimientos profundos.💔

🤔¿Pero sabes qué?

Que he entendido que alguien que no ama las letras no me puede entender. No nos puede entender.

😀 Estoy enormemente orgullosa de ti. Sí, de ti que estás leyendo esto porque te gusta leer, porque te gusta escribir, porque formas parte (igual que yo) de un mundo maravilloso al que hemos elegido pertenecer.

✨Porque nuestros sueños se hacen realidad entre las páginas de un libro y no viendo una telenovela de mil quinientos capítulos. Porque hemos decidido que queremos seguir haciendo realidad las historias que salen de nuestros dedos📝, de nuestra cabeza y, sobre todo, de nuestro corazón ♥️

Así que, quizás sí… al final publique mi libro 🦋

Pasión

Sigue remoloneando entre las sábanas, la pereza post-sexo pasional es terrible. Mientras oye de fondo el agua de la ducha, ella continúa saboreando su piel, sus caricias, sus besos, su lengua, su deseo recorriéndole todo el cuerpo.

Qué afortunada fue al entrar en aquella librería y encontrarlo absorto en la sección de ficción histórica. Con sus gafas de pasta y su flequillo moreno casi tapándole los ojos parecía un profesor despistado y algo torpón. Sin embargo, se había revelado como un amante increíble, de los que te hacen ver las estrellas y siguen buscando el resto del universo en tu piel. Porque cada una de sus caricias consigue dejar huella.

Después de aquel primer café vinieron algunos más hasta llegar a aquella habitación. Ese hotel se había convertido en la válvula de escape a la rutina diaria y su cuerpo masculino era, desde entonces, el destino de la pasión que llevaba guardando bajo llave lo que le parecían mil años.

Regresa de la ducha y se pasea desnudo frente a ella buscando los pantalones. Decide atesorar esa imagen en la retina hasta el próximo encuentro… ahora toca una ducha rápida, su marido la espera en casa para celebrar el décimo aniversario de boda.