Sergio

Como cada tarde, Ana corta un pedazo de pan de barra recién horneada, crujiente, y lo unta con delicadeza de Nocilla, es la merienda preferida del pequeño Sergio.

Lo envuelve en papel de cocina, no le gusta utilizar papel de aluminio porque ha escuchado que es malo para el medio ambiente y piensa que la naturaleza ya tiene suficiente con soportar al ser humano y todas las agresiones que le provocamos.

Espera a que salgan los niños del colegio, le gusta verlos alborotados entre risas, gritos y algún llanto desconsolado signo del agotamiento infantil que se respira después de una intensa jornada escolar. Y después va al parque, una parada irrenunciable que sabe le supondrá un mínimo de una hora.

Allí observa con atención a los pequeños disfrutando de los toboganes. Alguna madre corre a socorrer a un niño de unos dos años que ha entrado en pánico al llegar a lo más alto y no se atreve a deslizarse mientras el resto hace cola en las escaleras.

Otros disfrutan en los columpios, subir y bajar casi en estado de ingravidez con el estómago revuelto y a velocidad constante. “Debe ser cosa de la física”, piensa Ana y sonríe.

Ante su mirada pasa otra madre que le hace cambiar el foco de atención. Va detrás de una niña rubia con dos coletas altas que ondean al viento como dos pequeños látigos alrededor de su cabecita dorada. La madre tiene un plátano en la mano y la niña huye de su merienda como si la estuviera amenazando, su risa es contagiosa.

Ese parque es el único lugar en el que Ana consigue ser feliz durante un instante. Puede ver la risa de Sergio reflejada en las caras de los niños, sus ojos llenos de vida de nuevo y la ilusión por alcanzar nuevas hazañas cuando logra escalar la pequeña pirámide de madera. Sergio sigue viviendo en cada uno de ellos, y Ana logra dibujar una tímida sonrisa bajo la dichosa mascarilla. Busca el bocadillo de Nocilla en su bolso, le da un mordisco y piensa que su pequeño tenía razón: es la mejor merienda.

La señal

Pido que me llegue una señal para saber que estoy haciendo lo correcto, que la única decisión que tomaré será la acertada.

Hace tiempo que pienso en hacerlo, pero siempre invento una excusa para posponerlo. Así que de hoy no pasa, aunque solo lo haré si recibo esa señal que espero.

¿Cómo me llegará? No lo sé, eso lo dejo a quien se encargue de hacernos llegar sus designios…

Quizás esa canción que ha comenzado a sonar en la radio y que me dice Do it, hazlo. ¿Es lo que espero?

Decido que sí, que ha llegado el momento. Me visto despacio y no olvido la camiseta de manga corta. Camino decidido a llegar cuanto antes a mi destino. Solo un pinchazo y todo estará hecho, un pinchazo que será el principio del fin.

—Señor Rodríguez, es el siguiente para la vacuna.

Días de verano

Recuerdo los veranos de mi infancia como si fueran de otra galaxia. Eran veranos en el pueblo… aunque lo de pueblo es mucho decir. Pasábamos el mes de agosto en el cortijo que mis abuelos tenían en Andalucía en medio de la montaña, donde ni siquiera llegaba el coche. Teníamos que subir una enorme cuesta empinada cargados con todo: maletas, compra, niños pequeños… atravesando un camino de tierra para llegar al lugar que ahora, tantos años después, me parece el sitio más mágico que ha existido en mi vida.

Una casa de dos plantas encalada. En la planta baja hacíamos vida, arriba solo íbamos a cocinar y fregar los plantos… Para los pequeños, aquella segunda planta era el lugar más aterrador que existía. En sus habitaciones se guardaba parte de la cosecha y los utensilios del campo y nos horrorizaba ver las paredes adornadas de herramientas de labranza, como si fueran salas de tortura. Y de noche… aquel lugar era el terror máximo, ni viendo El Sexto Sentido he pasado tanto miedo como teniendo que ir a buscar algo olvidado a la cocina. No te imaginas la velocidad que se puede alcanzar al subir y bajar unas escaleras en las oscuridad pero estoy segura de que alguno de nosotros conseguimos batir algún récord mundial.

Aquel cortijo rodeado de naturaleza era el lugar más maravilloso de esos veranos infantiles eternos e intensos que ahora son pura nostalgia…

Algunos años coincidía allí con todos mis primos, y cuando eso ocurría era lo mejor del verano. Piensa que la mayor aventura del día era ir a coger moras cerca del barranco o a buscar agua fresca a la fuente. Poco más teníamos que hacer, así que la imaginación era nuestra mayor aliada en aquel tiempo en el que no existía internet, ni consolas, ni videojuegos, ni teléfono… teníamos un pequeño transistor a pilas y una televisión para toda la familia que, por supuesto, se apropiaban los adultos mientras a nosotros nos enviaban a jugar “a las carrascas” que, dicho sea de paso, era el cagadero oficial… ya he dicho que era divertido, ¿verdad?

Esos eran los momentos en los que escribía alguna obra de teatro para que la representáramos o alguna historia para entretener el tiempo que no avanzaba bajo los olivos. Porque si los días eran largos, no os digo nada del momento de la siesta. Justo entonces debíamos desaparecer de casa, perdernos por el campo para que el abuelo no escuchara nuestras risas, nuestros gritos, nuestras locuras infantiles… porque mi abuelo era como el de Heidi, entrañable pero muy gruñón… y si lo despertábamos, ¡ay, madre! Mejor no estar ahí.

¿Fue allí dónde nació mi amor por las letras? Pues no soy consciente de ello pero, como buena adulta que soy, decido que sí, que aquellos días de canícula en los que las chicharras eran las únicas que se atrevían a acompañarnos bajo el calor abrasador fueron los que plantaron la semilla de las letras en mi corazón. Letras y letras, escritas y leídas que ahora han derivado en estas líneas tan nostálgicas. Recuerdos de infancia que se convierten en las mejores historias. ¿Quizás se acaben convirtiendo en algo más? Quién sabe…