No voy a publicar mi libro…

😕 No voy a publicar mi libro…

Eso he pensado esta mañana cuando, celebrando el #DíadelLibro, me he paseado disfrutando de tantas novedades, de tantas autoras y autores consagrados con obras fantásticas… y me he dicho: “a dónde vas tú, piltrafilla, con una historia que nadie va a querer leer”…

Y todo se ha seguido viniendo abajo cuando alguien me ha comentado: “¡Anda! ¿Has escrito un libro? ¿Y de qué va? ¡Ah, romántica! Como todas las que conozco que escriben un libro… siempre es romántico… y encima tienes que pagarlo para publicarlo. ¿Estás segura? Mírame, yo no he escrito ningún libro y aquí estoy”.

📚Efectivamente, allí estaba, paseando entre libros y matando las letras, matando la creatividad con palabras cargadas como dardos, sin ser consciente del daño que estaba haciendo en alguien que comienza con ilusión, con un esfuerzo enorme por intentar crear algo que ha salido de su mente y su corazón, con horas y horas dedicadas a darle forma, a cargar cada palabra con sentimientos profundos.💔

🤔¿Pero sabes qué?

Que he entendido que alguien que no ama las letras no me puede entender. No nos puede entender.

😀 Estoy enormemente orgullosa de ti. Sí, de ti que estás leyendo esto porque te gusta leer, porque te gusta escribir, porque formas parte (igual que yo) de un mundo maravilloso al que hemos elegido pertenecer.

✨Porque nuestros sueños se hacen realidad entre las páginas de un libro y no viendo una telenovela de mil quinientos capítulos. Porque hemos decidido que queremos seguir haciendo realidad las historias que salen de nuestros dedos📝, de nuestra cabeza y, sobre todo, de nuestro corazón ♥️

Así que, quizás sí… al final publique mi libro 🦋

Pasión

Sigue remoloneando entre las sábanas, la pereza post-sexo pasional es terrible. Mientras oye de fondo el agua de la ducha, ella continúa saboreando su piel, sus caricias, sus besos, su lengua, su deseo recorriéndole todo el cuerpo.

Qué afortunada fue al entrar en aquella librería y encontrarlo absorto en la sección de ficción histórica. Con sus gafas de pasta y su flequillo moreno casi tapándole los ojos parecía un profesor despistado y algo torpón. Sin embargo, se había revelado como un amante increíble, de los que te hacen ver las estrellas y siguen buscando el resto del universo en tu piel. Porque cada una de sus caricias consigue dejar huella.

Después de aquel primer café vinieron algunos más hasta llegar a aquella habitación. Ese hotel se había convertido en la válvula de escape a la rutina diaria y su cuerpo masculino era, desde entonces, el destino de la pasión que llevaba guardando bajo llave lo que le parecían mil años.

Regresa de la ducha y se pasea desnudo frente a ella buscando los pantalones. Decide atesorar esa imagen en la retina hasta el próximo encuentro… ahora toca una ducha rápida, su marido la espera en casa para celebrar el décimo aniversario de boda.

Imposibles ojos verdes

La empotró contra el armario. Directo, sin contemplaciones.

Sintió como toda ella se estremecía respondiendo a sus caricias, a su excitación.

Llevaba meses viviendo una mentira. Su mente racional le negaba una y mil veces que la deseara. Su familia era la prioridad, pero ella… siempre ella, esos ojos verdes seguían observándolo en sueños y no podía resistir más.

Aquel día fue diferente. “No más mentiras”, se dijo. Una reunión más, sin ningún otro propósito que hacer previsión de las inversiones extranjeras pendientes de negociación. El tema era bastante trascendental para la empresa, pero sabía de antemano que no sacaría nada en claro aquella mañana: demasiadas personas opinando, demasiado necio engreído dispuesto a demostrar sus supuestas capacidades ante él. Si supieran lo que opinaba en realidad de alguno de los presentes…

Ella estaba allí, como cualquier otro día, ignorando esas miradas furtivas que hacía tiempo le negaba. Esos ojos verdes…

Su mente no atendía a los números que le presentaban, su entrepierna comenzaba a tener vida propia, su templanza flaqueaba, sus decisiones pasadas no valían nada.

—Beatriz, necesito que repitas esos gráficos, no los veo claros. Creo que los números no son correctos.

Ella lo miró con desconfianza, sabiendo que los números cuadraban a la perfección, los había revisado diez veces antes de presentarlos en la junta.

—Cuando los tengas, ven a mi despacho.

Seguía mirando esos ojos verdes intentando en vano no perderse en ellos.

No salió como esperaba. Ella entró en su gran despacho cargada con el ordenador para mostrarle los gráficos. Todo correcto.

—Necesito que me hagas un último favor, Bea… No puedo más, no puedo contenerme, no puedo seguir negándomelo, soy tuyo. Completa y absolutamente tuyo. Sé que sientes lo mismo. He sido un necio por no querer verlo durante tanto tiempo. Te necesito, no me importa nada más. No me importa nadie más.

Ella se giró sin dirigirle la palabra y salió del despacho igual que había entrado. Dejó el ordenador en su mesa y fue hasta la sala de material. Él la siguió con la mirada y entendió el mensaje.

Y allí, contra el armario, derrumbó todos los muros que había construido para evitar esos imposibles ojos verdes.