Imposibles ojos verdes

La empotró contra el armario. Directo, sin contemplaciones.

Sintió como toda ella se estremecía respondiendo a sus caricias, a su excitación.

Llevaba meses viviendo una mentira. Su mente racional le negaba una y mil veces que la deseara. Su familia era la prioridad, pero ella… siempre ella, esos ojos verdes seguían observándolo en sueños y no podía resistir más.

Aquel día fue diferente. “No más mentiras”, se dijo. Una reunión más, sin ningún otro propósito que hacer previsión de las inversiones extranjeras pendientes de negociación. El tema era bastante trascendental para la empresa, pero sabía de antemano que no sacaría nada en claro aquella mañana: demasiadas personas opinando, demasiado necio engreído dispuesto a demostrar sus supuestas capacidades ante él. Si supieran lo que opinaba en realidad de alguno de los presentes…

Ella estaba allí, como cualquier otro día, ignorando esas miradas furtivas que hacía tiempo le negaba. Esos ojos verdes…

Su mente no atendía a los números que le presentaban, su entrepierna comenzaba a tener vida propia, su templanza flaqueaba, sus decisiones pasadas no valían nada.

—Beatriz, necesito que repitas esos gráficos, no los veo claros. Creo que los números no son correctos.

Ella lo miró con desconfianza, sabiendo que los números cuadraban a la perfección, los había revisado diez veces antes de presentarlos en la junta.

—Cuando los tengas, ven a mi despacho.

Seguía mirando esos ojos verdes intentando en vano no perderse en ellos.

No salió como esperaba. Ella entró en su gran despacho cargada con el ordenador para mostrarle los gráficos. Todo correcto.

—Necesito que me hagas un último favor, Bea… No puedo más, no puedo contenerme, no puedo seguir negándomelo, soy tuyo. Completa y absolutamente tuyo. Sé que sientes lo mismo. He sido un necio por no querer verlo durante tanto tiempo. Te necesito, no me importa nada más. No me importa nadie más.

Ella se giró sin dirigirle la palabra y salió del despacho igual que había entrado. Dejó el ordenador en su mesa y fue hasta la sala de material. Él la siguió con la mirada y entendió el mensaje.

Y allí, contra el armario, derrumbó todos los muros que había construido para evitar esos imposibles ojos verdes.

El artista

Mis manos no volverán a tocar tu piel. Nunca. Jamás. Soy consciente de ello.

Te he perdido, y esta vez es de forma definitiva. Pero no me rindo. No van a poder separarte de mí tan fácilmente, imposible. Alguien como tú no deja de existir.

He seleccionado la mejor arcilla que tengo en el taller, la arcilla negra que sé trabajar a la perfección. Mis manos se amoldan a su temperatura y consiguen crear las formas que más deseo. Mis dedos fuertes la moldean con firmeza, sin permitir al material tomar ni una sola decisión que no surja de mí.

Hoy serás tú mi modelo.

Conozco con detalle cada rincón de tu cuerpo. Cierro los ojos y puedo ver cómo era cada curva de tu piel, como caía cada uno de tus cabellos en ese moño que siempre iba contigo.

Mi mente mentirosa te sigue viendo como si estuvieras aquí mismo y mis manos son capaces de ir creándote para guardarte siempre junto a mí. Sin embargo, no es solo el trabajo físico de esculpirte. Quiero conseguir que se transmita tu fortaleza, tu decisión y arrojo a través de esa arcilla oscura, tan oscura como ha sido tu final.

Me han impedido verte. A ti, que siempre te escapabas para pasar noches interminables conmigo en este taller que ahora siento tan vacío. A ti, que nunca te habías rendido. A ti, que conseguiste que me enamorara de cada poro de tu piel a pesar de mis reticencias iniciales. A ti, el ser más maravilloso que jamás habitará este planeta con el alma más pura y libre. A ti, que todo lo podías.

Shhhhhh. Silencio amor. Ellos ignoran que logré verte bajo ese manto blanco que te cubría y que no conseguía aplacar toda la belleza que seguías conservando a pesar de que la dama negra hacía horas que te llevaba de la mano. Un último beso sobre tus fríos labios, esa fue mi despedida.

Pero no te perderé para siempre, me niego. Sigo esculpiendo tus formas delicadas, tu cuerpo poderoso, tu rostro casi perfecto en el que dejaré vacías las cuencas de los ojos porque no volverás a verme a pesar de que siempre estaré a tu lado. Y tus manos firmes las dejaré con un hueco en las palmas, reflejo del profundo pozo que tengo ahora mismo en el lugar en el que antes latía mi corazón. Porque esas manos se lo han llevado.

Permíteme esta licencia amor. Permíteme que este lúgubre artista en el que me he convertido desde tu desaparción pueda crearte con pequeñas imperfecciones que tanto significan y que no son más que el reflejo de la persona incompleta que soy ahora mismo.

Laura o plomo

—Estoy harta de aparecer en todos los periódicos, en todos los noticiarios… mi foto está en la portada de toda la prensa amarilla de este maldito país. Me señalan con el dedo. Dicen que soy cómplice, que soy narcotraficante igual que mi maridito.

—Pero doña, la detención del Coronel ha sido un fuerte golpe para nosotros. No podemos evitar todas estas vainas. Ahora van a buscar culpables hasta debajo de las piedras —contestó Teodoro Mencía, abogado de la familia, a la muy alterada Laura Hernán.

Laura no paraba quieta en el gran despacho situado en la segunda planta de su ático. No dejaba de dar vueltas por la gran sala de más de veinte metros cuadrados con enormes ventanales que mostraban una vista panorámica de México D.F. El día soleado parecía que solo contribuía a caldear todavía más el ambiente que se respiraba entre aquellas cuatro paredes.

—Pues hay que sacarlo de allí, Teodoro. El Coronel no puede estar en prisión. Hay demasiado en juego.

A pesar de los movimientos nerviosos de Laura, su voz era suave, como siempre. Nunca nadie la había escuchado elevar la voz, ni tan solo cuando su rictus reflejaba la intransigencia que sentía ante alguna de las decisiones que había tomado su marido. Justo como la que ahora lo había llevado a prisión. En ese momento, Laura seguía dando órdenes al abogado. Teodoro sabía que la situación era muy delicada. Cualquier decisión podría comprometer su futuro.

—Busca cómo hacerlo. Me da igual lo que cueste: el dinero o las vidas, ya lo sabes. El Coronel tiene que salir o todo se irá al carajo, y no voy a permitir que mi familia acabe en lo más hondo de un pozo. Nunca, me oyes, nunca voy a consentir que mis niñas paguen por un error de su padre. Tendrán que sacarme con los pies por delante, ya lo sabes.

—Doña, es importante que dejemos que pasen unos días sin hacer mucho ruido. —El letrado sabía que se jugaba su propio cuello con cada palabra que decía. Nunca había visto a Laura tan alterada. A Teodoro le caían gotas de sudor por la frente, al calor de la sala se le sumaba el pánico que tenía a aquella mujer—. Esperemos a ver qué deciden las autoridades americanas respecto a su marido y entonces valoraremos las opciones que tenemos.

—No hay opciones Teodoro. Te lo digo muy claro: la única opción es sacarlo de allí. Ninguna otra me vale. Así que ya lo sabes. Y si tienes que disparar, pues matas y ya está. No me vengas con cuentos ni chingadas. Sácalo ya —las últimas palabras se las dijo mirándole directamente a los ojos, sin opción a que el abogado apartara la mirada de aquellos profundos ojos marrones de hielo que le atravesaron y que durante tantos años habían marcado el destino de su familia.

Nada ocurría sin que Laura lo autorizara. “Qué equivocada está la gente —pensaba Teodoro— al pensar que el Coronel es uno de los principales narcotraficantes del país. Laura es la cabeza pensante, la directora de orquesta, la que organiza y decide lo que se mueve y lo que no”. Su sudor iba en aumento. Se secaba las palmas de las manos en el pantalón. Estar en presencia de aquella mujer menuda lo aterraba. Había entendido a la perfección lo que debía hacer: sacar al Coronel de prisión sería, a partir de ahora, su objetivo prioritario. De no logarlo, ya sabía cuál sería su destino…