El sol acariciaba mi rostro con suavidad. El oleaje era sutil, como si pretendiera acunar mi cuerpo tendido sobre la popa de la embarcación. Las velas estaban desplegadas, pero hacía rato que habíamos anclado en una pequeña cala de la isla, una escondida, con aguas claras. Sabía que, en el fondo marino, estaba acompañada por los peces que eran dueños de aquel lugar y por todo el coral que trabajaba en silencio y sin descanso para mantener aquel tono turquesa que tanto lo definía.
Respiré. Con los ojos cerrados sentí que se acercaba. Caminaba despacio, descalzo, sin hacer ruido, pero yo podía detectar su presencia, era como un sexto sentido que se activaba al notar su cercanía. Él pretendía sorprenderme, pero jamás lo lograba.
Abrí los ojos bajo las gafas de sol y le hice una mueca burlona antes de que sus manos llegaran a mi cintura para hacerme cosquillas. Le encantaba dejarme sin aliento, le encantaba escuchar mi risa, le encantaba yo.
Me levanté y caminé hacia la borda para observar el fondo marino, quería seguir perdida en él durante un tiempo, un tiempo infinito que nos había regalado la decisión que habíamos tomado de alejarnos de todo, de alejarnos de todos. Había dejado atrás a mi familia, y él a todo lo que había condicionado su pasado.
El agua rompía con suavidad contra el casco y observé algo de color rojo que flotaba, parecía un pedazo de tela. Me generó curiosidad y lo recogí con uno de los utensilios que permanecían distraídos en un lateral de la borda. Era un pañuelo, un pañuelo rojo con franjas blancas que me recordó a ella, a la mujer que había marcado su vida durante tanto tiempo.
Algo no encajaba.
Lo miré.
Él seguía sentado en la popa perdido en sus pensamientos. Ella hacía tiempo que había desaparecido de su vida, pero ahí estaban sus iniciales, en mi mano, en su pañuelo. ¿Era mentira lo que me había explicado? ¿Dónde estaba ella? ¿Cómo había salido de su vida de la noche a la mañana?
Quizás él no era el hombre que yo creía. Quizás todo era una gran mentira.



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