«Lo más difícil de la vida es vivir. Lo más maravilloso de la vida es vivir».

Valiente Elena

El regreso del dragón

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El dragón duerme.


Hace meses decidió apagar su fuego, ocultarlo bajo una capa de invisibilidad para transformarse en un ser amado. Sin fuego no hay miedo. Sin fuego no hay rechazo. Sin fuego es uno más del rebaño que se deja llevar por opiniones ajenas, creencias e imposiciones. Sin fuego duerme entre la masa, la que camina sin pensar, la que comparte una opinión única, la que hace años permanece adormilada, sin diferencias, sin estridencias, sin una palabra fuera de tono.


El dragón decidió ser uno más, apagar la ira, pero lo único que logró fue apagar su luz, la de un ser especial que toma decisiones, que afronta problemas, que reta el devenir y que sabe discurrir por caminos curvos que enfrenta con decisión. Hace meses que el dragón apagó el fuego para camuflarse, para no destacar, para hacerse invisible. Se apagó para no ser rechazado, para ser uno más.
La sociedad tiene normas de convivencia, pero también normas de aceptación. No encajar, opinar diferente o mostrarse con seguridad y fortaleza pueden ser motivo de rechazo porque otros no valoran el esfuerzo que hay detrás de esa esencia personal. Y el dragón solo quería encajar. Así que la única forma de lograrlo era apagar aquello que lo hacía diferente.


Sin embargo, siempre existen almas bondadosas capaces de ir más allá del miedo y del fuego, almas que vieron cómo el dragón se apagaba día tras día igual que lo hacían sus llamas. Aquellas almas hablaron con el dragón y le pidieron que regresara a su esencia, a ser quien era, a blandir de nuevo su fuego interno porque era la luz que le convertía en el ser mágico que era. Pero el dragón se negaba, no quería seguir afrontando el rechazo de las personas que lo veían diferente.


Las almas piadosas mostraron al dragón su luz, su esencia, la capacidad que tenía de marcar camino, de abrir paso en la oscuridad gracias a su fuego, el fuego externo, pero también el interno que lo convertían en el ser que era, aquel que otras muchas personas admiraban por no rendirse, por luchar por lo que creía correcto, por reivindicar la tenacidad, el esfuerzo y también las equivocaciones como parte del camino de la vida.


—Dragón, no te rindas, no te ocultes en la cueva —le dijeron mientras él seguía tumbado en su caverna sin ganas ni ánimo para salir, para regresar a su verdadera esencia.


—Necesitamos tu fortaleza, tu fuego. No permitas que el reflejo que quieres ver en el espejo se convierta en tu realidad.


El dragón alzó la cabeza para mirar al alma que le hablaba. ¿Espejo? ¿Reflejo? ¿Se escondía de la imagen que había visto proyectada en él? ¿Se escondía del ser en el que no quería convertirse? Posiblemente.


—¿Cómo hago para no ser quien no quiero ser?


—Solo tu luz interior te llevará por el camino correcto. Síguela, no la apagues. No tiene sentido ocultar quien eres.


El alma acarició la barbilla del dragón, que cerró los ojos para sentir la suavidad del tacto de aquellas manos angelicales.


—Jamás te apagues, dragón. No importa lo que opine el resto, tan solo lo que opines tú.


El dragón asintió despacio y permaneció oculto en la cueva unos días más, los suficientes para comprender que también existían las almas que lo amaban tal y como era, con su fortaleza, con su luz, con su fuego, porque justo aquel fuego era el que lo hacía especial, único, capaz de superar todo lo que había afrontado a lo largo de su vida. Cuando comprendió que debía seguir adelante se puso en pie y caminó con decisión hasta la salida de la caverna. Fuera el día era espléndido. Sonrió. Abrió la boca y con una fuerza que salió de lo más profundo de su ser, rugió. La llama bailó entre rojos, amarillos y naranjas con vida propia, con anhelo por recuperar el tiempo que había perdido escondida de las opiniones ajenas, unas opiniones que habían dejado de importar.


El dragón está despierto.


Feliz año.


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