Relato: El espejo

Reflejo en el espejo

Cuando era pequeña, mis amigas no entendían por qué en mi casa no había espejos.

—Pero entonces, ¿cómo te peinas? —me preguntaban incrédulas.

—No sé. Siempre me he peinado sin espejo, no lo necesito.

En casa no se hablaba de este tema. Una vez le pregunté a mamá y me contestó:

—Lucía, mejor así. La abuela algún día te lo explicará.

Pero ese día nunca llegaba. Era extraño porque a veces hablaba de la abuela, su madre, pero yo no la conocía. Nunca íbamos a verla. Nunca la llamábamos por teléfono.

La rutina de mis días me llevaba al colegio, a clase de música y a casa. A veces, también a pasar tardes con mis amigas y, en sus casas, aprovechaba para descubrirme en mi desconocido reflejo. Esos tonos oro viejo en mi largo cabello, que siempre llevaba recogido en una coleta alta. Ojos color avellana y boca pequeña, con labios delgados que no resaltaban demasiado en mi cara redonda. Me conocía en el reflejo de una persona extraña. Veía cómo mi cuerpo se transformaba en mujer dejando atrás a la niña que no había visto crecer.

Y el día de ver a la abuela nunca llegaba… Y a mí se me olvidó que tenía algo que decirme.

Una de esas tardes, ya entrada en la adolescencia, paseaba con mis amigas por el centro de la ciudad y algo llamó mi atención al pasar ante una tienda de antigüedades: un magnífico espejo de pie, con marco de madera, de más de un metro y medio de alto. “Sería perfecto para mi habitación”, pensé. Y sin darle demasiada importancia, o quizás tomando la primera decisión consciente de mi vida, me arriesgué a saltarme la norma impuesta y lo compré.

Al llegar a casa, mi madre se quedó sin palabras. Creo que era la reacción que menos esperaba de ella. Contaba con su sermón, pero no con su silencio.

Decidida, con la cabeza alta y la mirada desafiante, llevé el espejo a mi habitación, donde lo apoyé en una de las paredes. Era perfecto. Me veía de cuerpo entero. Bailé, reí, me solté el pelo y me cambié de ropa para desfilar ante él, para mirarme viéndome por fin.

Mamá seguía sin decirme nada. Su mirada era triste, ausente. Cenamos en silencio y, antes de irme a dormir, pronunció las únicas palabras que me dedicó:

—Esta noche conocerás a la abuela. He intentado evitarlo. —Estas ultimas palabras fueron solo un leve murmullo.

No entendí qué quería decir. Pero tampoco me importaba. Me sentía feliz. Había desafiado y había ganado.

A media noche, un leve movimiento me despertó. Acerté a encender la pequeña luz de la mesita. A mi lado, sentada en la cama, una mujer mayor, de pelo blanco y piel pálida. Su mirada profunda. Su rictus serio, con arrugas en el rostro marcadas por la edad y por la mala leche que desprendía. Me asusté.

—¿Quién es usted?

—Tu abuela, Lucía. Soy tu abuela. Gracias por abrir la puerta y devolverme a casa. Nunca me vas a olvidar…

Publicado por Aroma de letras

Aprendiz de escritora Escribo para encontrar el aroma de cada letra, cada palabra. 📚Proyecto: El viaje de Elena 🌍 Barcelona Textos propios©️

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