El despertar de Julia

El despertar de Julia

Julia despertó de su inconsciencia de repente, tal y como había entrado.

No sabía dónde estaba. No conocía la habitación aséptica en la que se encontraba postrada en una cama de sábanas blancas. Ventana con marcos blancos inmaculados por la que solo entraba la luz intensa del mediodía, supuso. Sillón reclinable junto a su cama también en tonos claros. Y máquinas, muchas máquinas que la rodeaban entre pitidos constantes, luces y cables que se conectaban a ella.

¿Un hospital? ¿Qué hacía allí? ¿Desde cuándo? ¿Qué había pasado?

Intentaba recordar, pero nada. ¿Su nombre? ¿Sabía cómo se llamaba? Sí, Julia Ortiz Nuez. Tenía 34 años. Estaba soltera. Hacía años que sus padres habían fallecido y no tenía relación con su único hermano, Alberto. Era técnica de laboratorio en una farmacéutica y sus mejores amigas eran Ana y Gisela.

Todo correcto en su cabeza.

Vivía en Madrid, en el centro, en un piso modesto de dos habitaciones con una terraza que le había salvado de la locura durante el confinamiento… El confinamiento —pensó—, entonces estábamos en 2020… o quizás ya en 2021, no estaba segura. Intentaba pensar en el último recuerdo que tenía de su pasado más reciente, pero no lo conseguía. Recordaba las tardes en la terraza leyendo, pintando y haciendo algo de ejercicio. Recordaba los aplausos a las ocho de la tarde junto al resto de sus vecinos… Vecinos, ahí estaba Enrique, ese chico tan majo que vivía en el quinto y que había comenzado a regalarle sonrisas durante sus aplausos. Pero no lograba recordar nada más.

Intentó mover los brazos y notó que tenía las muñecas atadas a la camilla. Pero, ¿qué narices significaba aquello?

En su rostro sentía el oxígeno entrando en los pulmones mediante un respirador. Y, al querer mover la cabeza, no lo consiguió: tenía la frente sujeta con una fuerte correa. Lo intentó con los pies y también comprendió que estaban atados. Intentó gritar para que alguien acudiera, pero no consiguió emitir ningún ruido.

“Calma, Julia. Alguna enfermera vendrá pronto, seguro”, intentaba convencerse para tranquilizarse y no entrar en pánico.

Efectivamente, a los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación y entró un ser verde con dos cabezas que se arrastraba por el suelo con agilidad. Tenía tres patas semejantes a las de los pulpos. Julia se convenció de estar viendo visiones.

El ser verde se acercó y se elevó sobre un tronco inexistente un segundo antes entre sus cabezas y sus patas.

Rong, rong, roooooong?

Los ojos de Julia iban a salir de las órbitas. No hubiera podido articular palabra ni aunque lo intentara con todas sus fuerzas.

Por la puerta entraron más seres como el primero y Julia se asustó tanto que se orinó encima. Sintió el líquido cálido resbalar por sus piernas sin poder detenerlo. ¿Qué era aquello? ¿Qué eran esas cosas? ¿Por qué la miraban así?

El primer ser estiró una de sus patas hasta el cuello de Julia y una gran zarpa apareció en el extremo. La desgarró en vertical, como si quisiera abrir la garganta por la mitad. Separó ambas partes y todas las cabezas observaron el interior de Julia. El ser siguió desgarrando hacia abajo, desde el pecho hasta el estómago mientras ella sentía algo viscoso dividiéndola en dos mitades. No podía gritar y sabía que moriría de dolor.

La luz blanca de la ventana se transformó en luz violeta y Julia logró ver a través del cristal la silueta de lo que le pareció una luna perfecta, pero no estaba segura. Desvariaba, estaba muriendo sobre aquella camilla blanca inundada por la rojez de su sangre.

8 respuestas a “El despertar de Julia”

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